Lo recuerdo como si hubiera sido ayer: El Core le pidió al conductor que detuviera el minibús en el que viajábamos hacia Tucumán. Era una parada imprevista y no era un buen presagio. Bajamos en una Estación de Servicio y nos juntamos en el estacionamiento, alejados del micro (el conductor no tenía porqué enterarse). Ya era noche. El Core, con voz firme pero apesadumbrada dijo:
“Cumpas, me acaban de informar por teléfono que Cacho está muy grave, y que los médicos piensan que no pasa la noche. Sin embargo, la orden es que, sea cual sea el desenlace, el “Locro Anual” de los compañeros de la Regional NOA se hace, pues Cacho siempre nos enseño que nada puede detener la práctica política de la “26 de Julio”. Por lo tanto seguiremos viaje y cumpliremos con la directiva de nuestro Secretario Nacional de participar de la actividad de  los cumpas tucumanos”.
           El silencio profundo que se hizo en ese espacio que nos reunía no podía ser cortado ni por el tráfico de la ruta aledaña.
Dolía. Dolía en la carne y en el alma.
           Sabíamos que iba a ser así…Algún día… Y ese día llegaba inexorable y no lo aceptábamos. Queríamos, al menos, que le pudiéramos informar que la actividad había sido un éxito, que había concurrido más gente que el año anterior… Que la Regional Buenos Aires había tenido su representación…
El viaje se hizo larguísimo. No había alegría, ni canto de consignas. La asistencia a la actividad a la que todos querían asistir, todos los años, resultaba una carga insoportable.
Llegamos. Los cumpas de Tucumán no la pasaban mejor. Clima festivo en el ambiente pero ninguno mejoraba el rictus. Colgamos los trapos. Colaboramos con los compañeros e hicimos todo como si la realidad no se fuera concretar. Un locro para cuatromil personas. Como siempre, un éxito. Un evento que ya forma parte del folclore político de la ciudad de la Independencia.
           Mi presencia allí tenía que ver con una directiva expresa de Cacho. El año anterior también me había tocado asistir, y ahora volvía, privilegiado, por la difusión del “Centro de Estudios Históricos Compañero Dardo Cabo”, que el 9 de julio anterior, habíamos lanzado en el Hotel Castelar, y que para Cacho tenía una importancia primordial en la construcción de un relato histórico que rescatara el aporte del Peronismo Revolucionario en los procesos de Liberación de América Latina. Una tarea que, lo entiendo ahora, es casi imposible sin su presencia pues él resumía, como Carlitos Caride o Gustavo Rearte o el mismísimo Dardo Cabo, las distintas etapas de la lucha del pueblo, desde la heroica Resistencia Peronista hasta las denuncias que han posibilitado desenmascarar el plan de exterminio de la militancia peronista que constituyó el más grande Campo de Concentración de América: Campo de Mayo, del cual, Cacho, con su fuga, se constituyó en el único testigo con vida que hizo posible que hoy los genocidas estén condenados a perpetua.
           Como queriendo no interferir en la actividad, luego de terminado el Locro y los discursos, nos enteramos de su deceso. Algunos lo lloramos en silencio y otros a escondidas para no empañar el final de la fiesta de los tucumanos que se habían dado cita en el Club Tucumán Central. Habíamos llegado a las ocho de la mañana y ocho horas más tarde emprendíamos el regreso.
           Viajar en un ómnibus donde van los cumpas de la 26 es sentirse parte de la historia, de la mística y de la más profunda hermandad del pueblo. Siempre hay alegría, consignas, percusión y el respeto más profundo por lo colectivo. No hay licencias, porque nadie se las toma. Porque todos han sido formados en el ejemplo de Cacho. Pero aquella vuelta desde el Tucumán fue interminable. Volvíamos heridos a pesar del éxito de la actividad. Nuestro destino no era el regreso con gloria: Era el velorio de Cacho. Queríamos llegar cuanto antes y no queríamos enfrentarnos con la verdad irremediable.
           Finalmente, llegamos. Y ahora había que organizar el Funeral. Nadie, a pesar del cansancio y el dolor, iba a renunciar a sus obligaciones. Cada quién sabía sus consignas y directivas aunque no estuvieran escritas. Nadie desentonaría. Todos seríamos jefe, y como nunca, el jefe se convertiría en todos. Nada premia tanto una vida como semejante final.
Transcribo pues, en tal sentido, lo que escribiera el compañero Marcelo, Secretario del Nea del Peronismo 26            de julio, que me parece un final mejor escrito:

CRONICA DE UN SALUDO POSTUMO
           Lo velamos un 17 de agosto, como a San Martín. Cientos de compañeros pasaron ordenados por el féretro rodeado de coronas y símbolos peronistas. Había mucha tristeza, pero fue un velorio distinto. A la muerte le opusimos la mística propia de los revolucionarios que él nos enseñó a ser, a creer, a confiar. Fue un velorio con honores, estábamos despidiendo a un Comandante Revolucionario Peronista, había cierto orgullo en el ambiente, cierto pecho henchido, una dignidad que venía de su memoria: habíamos sido militantes bajo sus órdenes (algunos de nosotros compartimos más de 20 años de historia, propia, del país y del mundo, a su lado), y eso era motivo real de orgullo. Fue nuestro jefe. Será nuestro abanderado... Pasaban los compañeros ordenados a su lado, dejaban contra su cuerpo blanco y en paz, una foto de Evita, estrellas federales, monedas con emblemas peronistas, claveles, nomeolvides, caramelos, cartas para que las lea en la tranquilidad del infinito, saludos y hasta estuvo la bala que el enemigo uso para perforarlo, cuando todavía tenían la ilusión de matarlo; pobres los tontos que siguen creyendo que hay vidas que se matan con balas!!!! No, lo mató el cáncer, como a Evita, el mismo enemigo, la misma fortaleza, igual inquebrantable destino. Durante veinticuatro horas estuvimos a su lado, la Mesa Nacional (su guardia pretoriana), los compañeros de las unidades básicas que pudieron llegar del cono urbano, de Córdoba, de Rosario, de Entre Ríos, de Tucumán, de Chaco, de Corrientes. Mientras recibíamos cientos de comunicados de Formosa, de Salta, de Jujuy, de Santiago del Estero, de San Luis, de Misiones. Todos querían estar a su lado, y como sea. También estuvieron sus hijos, amados como solo un revolucionario sabe y puede amar, con entrega, con renunciamiento, con inconmensurable ternura.
           Amaneció el 18 y teníamos que enfilar hacia el cementerio. Era hora de llevarlo en andas. La columna se armó con la misma prolijidad con la que él nos enseñó, la misma que había adquirido en los tiempos donde ser peronista era un delito, donde había que ser eficiente, efectivo, contundente. Así lo hicimos. Marchaba inicialmente el féretro. Más atrás la bandera que nos identificó en tantas batallas, luego la percusión, rítmica, bullanguera, llena de contagiosa mística, el carro de sonido, y seguidamente las columnas de compañeros cantando, marchando, flameando banderas llenas de colorido y de esperanza. Ahí nomás estaba el cementerio pero el de los muertos muertos, no el de éste inmenso muerto que entraba vivo en cada flamead ora, en cada repique de bombo peronista, en cada ojo rojo de emoción, en cada canto y garganta y moco infame, Cacho vivía en cada compañero. Y estábamos ahí, confesamos que fuimos parte de ese entierro memorable, día en que los muertos no descansaron en paz, que canturrearon las consignas y se agitaron en sus templos perennes y definitivos, y hasta hubo quienes -se vio claramente- levantaron sus falanges carcomidas o roídas, huesos imprecisos en V de victoria, de vida, de VOLVEREMOS CARAJO.
           Más tarde paso el himno, las palabras de los compañeros quebrados en la emoción y la Marcha. Después llovieron los puñados de tierra sobre el cajón cerrado. Y el sepulturero anónimo ahogó la distancia con paladas firmes, trozos de tierra removida sellaron la despedida.
           Era mediodía cuando nos tocó irnos. No íbamos tristes, tampoco alegres, quizás estábamos tranquilos. Es que sabemos, siempre lo supimos, que el Comandante Carpeta vivirá en nosotros, en nuestra memoria, en nuestra práctica militante y en SU ORGANIZACION, de ahí compañero, no te sacará nadie ni siquiera la muerte puta que nos persigue
desde hace siglos.

 

PERONISMO 26 DE JULIO
REGIONAL NEA, 19 DE AGOSTO DEL 2008

 

Finalmente, Cacho ha sido en mi vida uno de esos seres que nos conmueve y nos determina como persona. Pocos han tenido tanta importancia, ninguno con tan poco tiempo de tratarnos. Mi viejo, el Pato Cevallos, un cuadro obrero incorporado a Montoneros por Sabino Navarro y el Turco Ricardo Reneé Haidar, sobreviviente de la Masacre de Trelew, tienen ese lugar y  mi más profundo reconocimiento.

Comandante Cacho Scarpati
¡¡Presente!!
Patria o Muerte
Venceremos

             

 

 

 

 

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