23 de noviembre de 2009
UNA OSCURA MAÑANA DE JUSTICIA
Por Mariano Abrevaya Dios
El 2 de noviembre arrancó un juicio oral y público contra el ex dictador Reynaldo Bignone, seis ex militares y un ex policía. Se los acusa de haber secuestrado, torturado y asesinado a 56 personas en Campo de Mayo, la guarnición militar donde funcionaron 4 centros clandestinos de detención y una maternidad, también clandestina. De las 5000 personas que estuvieron secuestradas entre los años 1976 y 1983 dentro de este enorme predio que el Ejercito Argentino tiene al costado de la ruta 8, en San Miguel, provincia de Buenos Aires, sólo sobrevivieron 50.
Hacía varios meses atrás, Walter, un compañero de militancia, dibujó un círculo colorado alrededor del jueves 11 de noviembre del 2009 en el calendario que seguramente tiene pegado en la heladera de su casa: faltaba menos para que llegue el día que lo encontraría levantándose muy temprano, tomándose un café en la cocina con las primeras luces del día, arreglándose las solapas del saco frente al espejo, minutos antes de salir para el tribunal federal que le tomaría declaración como testigo de la causa.
Ese día llegó, Walter fue a declarar, y unos cuantos lo acompañamos.
Después de dar unas cuantas vueltas por calles y avenidas del conurbano bonaerense, llegamos a la sociedad de fomento José Hernández, ubicada en Hipólito Yrigoyen 4595, Florida. Acá no es, dijimos, pero la imagen de la puerta nos despejó las dudas: un pelotón de infantería, con perros y armas largas al hombro, y al costado, una bandera del Peronismo 26 de Julio colgada de una ventana y un puñado de militantes tomando mate a la sombra de un árbol.
Pasamos por el detector de metales, presentamos documentos y un empleado del juzgado de no más de veinte años nos acompañó hasta la puerta de la sala: una cancha de fútbol de salón, con el techo de chapa y enormes ventanales por donde se colaba la luz del día. Al fondo, y de frente, el estrado de los tres jueces y el mástil con la bandera argentina; a la derecha la querella y la fiscalía –con pilas de expedientes amarillos sobre la mesa-, del otro lado la defensa -defensores oficiales, designados por el Estado- y, dos pasos más atrás de estos últimos, los reos. Del lado de la puerta, por donde acabábamos de entrar, el público; en las primeras dos filas, apoyadas contra el respaldo de las sillas vacías, decenas de fotos con las caras de los desaparecidos y, más atrás, unas cien personas, sentadas: familiares, militancia, prensa y curiosos. Separando una y otra parte, una hilera de rejas custodiada por dos policías federales y dos miembros del servicio penitenciario federal.
Walter entró acompañado por un funcionario del juzgado. Vestía un jean gastado, camisa blanca y saco azul. A la distancia parecía tranquilo. No nos miró. En la sala no se escuchaba otro sonido que el ronroneo de los ventiladores y el pío de un jilguero en el marco de una ventana abierta.
Walter tomó asiento frente a los jueces, y le tomaron juramento. Sí, juro.
25 de enero de 1978. Caseros, provincia de Buenos Aires. La cena que Walter y su familia comparten en el comedor de su casa se de repente se interrumpe por el grave y pesado sonido que meten camiones y autos en la puerta de la casa. Con un megáfono les gritan que salgan con las manos en alto. Salen y a él le pegan un culatazo en la cabeza: no mires para arriba, le avisan. Le ponen una capucha y lo suben a un camión. Tienen un rato para pensar qué nos van a decir, les dice a él, a sus hermanos, y a su madre, el hombre de fajina que comanda el operativo.
Walter tenía, en ese entonces, 14 años.
Después de viajar unos 25 minutos llegan a Campo de Mayo –lugar que reconocerían tiempo después-. No te vayas a correr la capucha, hijo de puta, lo amenazan. Lo engrillan y le dicen que a partir de ese momento pasa a ser un número, que no lo olvide: 733.
Un funcionario del juzgado se acercó a Walter en silencio y le sirvió un vaso de agua. Lo mismo hizo con los fiscales y la querella (entre ellos Pablo Llonto, abogado y escritor), todos vestidos de traje a pesar del calor. Walter es flaco como una escoba y su delgada voz nos llegaba amplificada por el audio instalado en la canchita.
Walter cuenta que escucha, desde la colchoneta donde lo tenían tirado, los gritos de la madre. Qué pasaba: la torturaban. Qué buscaban: dónde carajo estaba su marido, el padre de Walter. Al rato llega una persona que le golpea las costillas y le dice que hable. Me acuerdo de dos cosas, dijo Walter, de espaldas a nosotros, de frente a los jueces: que me estaba muriendo de sed y que todavía no entendía lo qué estaba pasando.
Al otro día lo llevan a una habitación y lo ponen frente a un pizarrón lleno de fotografías con muchas de las caras con pelo negro y bigotes también negros que había visto alguna vez en su casa, charlando con su viejo, muchas veces en voz baja, con un mate o vino tinto de por medio. A otros nos los había visto en su vida. Apuntale a los que pasaron por tu casa, le ordenan. Walter no conoce a nadie. La patota vuelve a preguntar, y el chico devuelve la misma respuesta. Lo ponen contra una pared, lo encapuchan, y le gatillan con el cargador vacío, por lo menos tres veces, a treinta centímetros de la cabeza.
Esa misma noche, contó Walter, me llevan en auto a un hospital. La noche, me acuerdo, era luminosa y quizá por eso pude ver por debajo de la capucha que la explanada de la entrada era muy ancha y que el techo a dos aguas del edificio era de tejas coloradas. Mucho tiempo después, en un reconocimiento, supe qué edificio era ese, detalló Walter: el hospital de Campo de Mayo.
Los ventiladores seguían ronroneando. Sentado a mi lado había un flaco muy alto y con las piernas muy largas que tomaba notas encorvado sobre la silla como si fuese un bicho bolita. Dos asientos más allá, una chica de rulos y musculosa roja también tomaba notas sin respiro. Y a nuestra derecha había una señora de pelo blanco, con una blusa floreada y chinelitas negras, que miraba al frente casi sin pestañar y que sobre la falda sostenía un monedero de cuero con las dos manos.
Un miembro del grupo de Tareas al que llamaban Victor, al otro día, o al otro, Walter no lo recordaba, le saca la capucha, le pasa papel, lápiz y un mapa de la provincia de Corrientes: marcame en qué parte de la provincia está el montonero hijo de puta de tu papá. Nada.
Al otro día, o al otro, o al otro, Water tampoco lo recordaba, lo llevan a un baño, siempre encapuchado, y le dicen que se limpie la mugre. La voz que le da las órdenes es la misma que la del tipo que me sacó de los pelos de casa el 25 de enero, le recordó al tribunal. Desde la ducha escucha que uno le pregunta a otro quien era ese pendejo, por él, y que el otro le contesta al primero: el hijo de un pez gordo.
Los genocidas que treinta años atrás decidían por la vida y la muerte de los miles de jóvenes que pasaban sus noches engrillados y encapuchados dentro del más grande centro de exterminio que ostentó nuestra patria, ahora, con pelo blanco y la piel tostada, parecían un grupo de jubilados sentados en el banco de una plaza, debajo de un viejo eucalipto, observando cómo la vida les pasa por delante sin que nada se pueda hacer al respecto. Ahí estaban, impávidos y babeantes, listos para negar, una vez más, responsabilidades. Asesinos y cagones: eso son, pensé, y me acordé del rabioso y lúcido discurso que dio una noche una compañera frente a la casa de un represor.
A la semana me dicen que me voy, siguió con el relato Walter, pero que antes tengo que hablar con el jefe: el hombre le dijo que le perdonaba ser quien era y que se olvidase de las cosas que había vivido ahí dentro; que lea mucho la Biblia y que no se meta en política. El tipo apoyó los brazos sobre el escritorio, acercó la jeta, lo miró fijo y le avisó que las fuerzas conjuntas tienen brazos muy largos y que pueden encontrarlo en cualquier momento y lugar.
Muchas gracias por su testimonio, dijo la jueza, para despedirlo. Y Walter dijo que quería decir algo más. Adelante, cedió ella. Walter se revolvió sobre la silla, y dijo que la dictadura consistió en un sistemático plan de exterminio que tenía como objetivo político la implementación del neoliberalismo. Y para que la justicia sea competa no alcanza con juzgar a los ejecutores directos –no miró a los genocidas que tenía a su izquierda pero varios de nosotros sí-, para que la justicia sea completa, también hay que juzgar a los ideólogos y a los cómplices.
Los aplausos contenidos de todos los que estábamos metidos en la canchita de la Sociedad de fomento rebotaron contra el tinglado del techo e hicieron revolotear a jilguero que descansaba con los ojitos cerrados bajo el sol. Los futuros periodistas y la señora de las compras también se habían puesto de pie. La jueza pidió silencio pero no logró impedir que el griterío durara unos cuantos segundos más.
Vinimos pura y exclusivamente por este momento, loco, me dijo un pibe de menos de veinte años, con una remera que tenía estampada la cara de Cacho Scarpati, apuntando con el brazo hacia el frente, con los ojos humedecidos y un nudo espantoso en la garganta.
Walter se bajó del escenario custodiado por el mismo empleado del juzgado que lo había traído. Todos nosotros nos rompíamos las manos aplaudiendo, gritando, la jueza pedía orden, y fue justo cuando lo teníamos en línea recta que, ahora sí, Walter, flaco, modesto, punzante y peronista desde la cuna, un tipo que hoy en día anda con custodia de la Bonaerense las 24 horas porque casi lo matan hace un tiempo para hacerlo callar, alzó levemente la cabeza, buscó la mirada colectiva y, con una mueca grave y victoriosa, sin dejar de caminar, levantó el brazo y puso los dedos en V.
La jueza informó, levantando la voz, que se pasaba a cuarto intermedio.
Ya en la calle, y después de haber tomado dos cafés y fumado dos cigarros, por la vereda de enfrente, casi en la esquina, y bajo el sol, la vi a la señora de las compras. Crucé y la alcancé. Qué tal, señora, la vi dentro de la sala y me gustaría saber cómo se enteró del juicio. Me enteré por una radio de la zona, y la verdad, nene –hizo una pausa, se miró las chinelitas, y volvió a levantar la cabeza-, es que sentí la necesidad de venir. ¿Y qué le pareció? Levantó las cejas y se le arrugó aún más la cara: una película, nene: eso me pareció.
Walter seguramente se fue a su casa con algunos compañeros, más liviano que de costumbre. Por fin, y de una buena vez por todas, debió haber sentido que la justicia, aún siendo lenta, e incompleta, en la Argentina, se hacía carne.
(*) Los reos del juicio son: el último presidente de facto de la dictadura, Reynaldo Bignone, los ex generales Santiago Omar Riveros (se desempeñó como jefe del Comando de Institutos Militares de Campo de Mayo), Fernando Exequiel Verplaetsen (jefe del departamento de inteligencia de Campo de Mayo), Jorge Osvaldo García (director de la escuela de infantería de Campo de Mayo), Eugenio Guañabens Perelló (director de la Escuela de Servicios para Apoyo de Combate “General Lemos”), el ex coronel Carlos Alberto Tepedino (jefe del batallón de inteligencia 601 del Estado Mayor General del Ejercito durante el año 1978) y el ex comisario Germán Montenegro (a cargo de la Comisaría de Bella Vista en 1977).
(**) Militante de la Resistencia, miembro de las Fuerzas Armadas Peronistas, oficial mayor de Montoneros, Juan Carlos Scarpati fue secuestrado el 28 de abril de 1977 luego de recibir ocho balazos, incluidos dos en la cabeza que le hicieron perder el conocimiento mientras lo trasladaban a Campo de Mayo. El 17 de septiembre de 1977 aprovechó un descuido, redujo a un guardia y escapó. Recuperó a su hija y a los tres meses logró salir a Brasil. En 1979 hizo su primera denuncia pública desde España ante la Comisión Argentina de Derechos Humanos, la CADHU. En 1985 fundó el Peronismo 26 de Julio -organización que aún lo considera su secretario general-. Murió a los 68 años el 16 de agosto de 2008.
(***) La dictadura genocida, finalmente, logró encontrar y hacer desaparecer, al padre de Walter.
Publicado por Hernán Vanoli