El 16 de agosto de 2008 falleció Juan Carlos Scarpati. En el velatorio se hicieron presentes militantes de derechos humanos, sobrevivientes de varios centros clandestinos, integrantes de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, abogados, etc. Pero por sobre todo, a Cacho Scarpati lo despidió su gente, la militancia de la 26 de Julio, en el local que posee la Agrupación en la localidad de Hurlingham. Esa sede que sorprende por su extensión al visitante inadvertido, tiene la entrada principal sobre Avenida Roca por donde se accede a la parte delantera que, compuesta por dos salas enormes en el ala izquierda y por un patio o predio descubierto a la derecha, se extiende hasta la mitad de la manzana. Desde allí hacia los fondos y con salida a la otra calle (a la otra punta de la manzana), hay un taller tan generoso en sus medidas como en sus empeños y en sus objetivos. Ese lugar de trabajo incluye un taller mecánico, un taller de computación, una herrería y una carpintería. Al fondo del recinto largo que antecede a los talleres descansaba Scarpati rodeado de flores y banderas, y el clima denso que merodea los velatorios parecía ceder terreno ante el féretro abrazado por los pañuelos de colores vivos y consignas. Quizás por demorarse en los detalles de ese contexto nada convencional, a alguien se le ocurrió decir que a la hora de alivianar la pesadumbre, también hacían lo suyo la frescura de un ramito de flores extrañamente vivas y la sencillez de algún pequeño objeto que otro alguien colocó amorosamente sobre el cuerpo del hombre que esa vez no había podido ganarle a la muerte otra partida.
            En el interior y en la vereda del local había muchos militantes del Peronismo 26 de Julio y provocaba asombro la panorámica que enseguida atrapaban los sentidos del recién llegado: el perfil aproximado que de la construcción que había logrado el Comandante Cacho delineaba de conjunto. En esta narradora, esa noción reciente y vaga de lo alcanzado por el antiguo oficial montonero en el presente, se encontraba desprovista de materias opinables o veredicto alguno, aunque sin dudas se abría a la certidumbre de que el camino que transitó Scarpati después de la tormenta, era un camino a contramano de la inercia y de la descomposición que sobrevinieron a la derrota y ese camino de coherencia le agregaba suficientes puntos a los méritos que Scarpa ya traía del pasado.
            Sin embargo, lo que más impresionaba en el velatorio de Scarpati eran las coronas. Había una corona por cada Unidad Básica de la 26 de Julio. Las coronas se extendían una al lado de otra a lo largo de ambas paredes del salón largo y en el fondo; así mismo, inundaban el patio enorme y lleno de estandartes. Las coronas eran muchas y también aportaban cierta idea del tamaño de lo hecho. Se debe reiterar en esta crónica eran todas de la 26, con dos honrosas excepciones, una corona personal del diputado Lobi Antonucci y otra con la leyenda “Hasta la victoria siempre” que había enviado la Comisión Campo de Mayo.
            El 18 de agosto, lunes y feriado, lo enterraron a Scarpati. El último viaje fue escoltado desde la salida misma de del local por una mística profunda traspasada de dignidad, de disciplina, del reconocimiento consternado de los militantes de la 26 que saludaban la salida del féretro en medio de un silencio sobrecogedor - portando cada uno de ellos un estandarte alto, individual, con una bandera en cada palo- también zamarreaba el corazón y los sentidos preludiando la extensión de la caravana y sobre todo, la contundencia de la ceremonia última. Ese lunes, en el Cementerio Parque de Hurlingham, hubo algo más que los ritos de darle sepultura  a un fallecido. No está de más registrar en esta crónica que las personas que acompañaron a Scarpati a su morada final y no eran integrantes de la 26, podían contarse con los dedos de las manos. Es comprensible para cierta lógica que a las claras no es la lógica de los que allí se dieron cita. Es que esa mañana de agosto, en el cementerio de Hurlingham, una Organización despedía a su Referente. Lo hacía con un despliegue insoslayable de compromiso y fuerza militantes. El funeral de Juan Carlos Scarpati fue una cita con la historia, o mejor dicho, con el hilo de la historia, pero además de todo, fue un acto político de envergadura.

Fragmento extraído de EL CASO LANUSCOU. Columna Norte, la otra historia.

de Marisa Sadi. 2009 Buenos Aires. Ediciones Nuevos Tiempos.

 

 

 

 

 

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