Evita
por Oscar Bidegain
Queridos compañeros:
Les envío estas palabras de mi padre sobre Evita.
Un abrazo,
Cris Bidegain
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Evita: la difamación
y el odio de la oligarquía
Oscar
Raúl Bidegain, médico cirujano y militante de la causa
nacional y popular desde 1943, ejerció la gobernación
de Buenos Aires entre el 25 de mayo de 1973 -tras un categórico
triunfo peronista sin segunda vuelta- y enero de 1974. Su militancia
en el peronismo marcó una trayectoria honesta y sin declinaciones.
Fallecido el 15 de diciembre de 1994, este año se le rendirá
homenaje en su ciudad natal de Azul, bautizando una avenida con su
nombre.
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-Es difícil para el político desprenderse de sus pasiones
cuando hace referencia a sucesos alejados en el tiempo y en los cuales
ha tenido actuación personal. La década 1945-1955 dio
un claro ejemplo de la carencia de mesura de los censores del peronismo,
que en sus ataques no respetaron ideas ni personas.
Eva Perón fue la víctima predilecta de la difamación,
que en vida pretendió destruir su imagen -arraigada en los
sectores populares- y que, después de muerta, alcanzó
proyecciones desconocidas en el país con la aparición
de libelos y publicaciones maliciosas.
La parcialidad enemiga centrada en la oligarquía fue perversa,
porque pretendió inculcar en las nuevas generaciones la carga
de veneno de sus autores, interesados en interrumpir los vínculos
afectivos y emocionales que identificaron para siempre a Eva Perón
con el pueblo.
Buscando en amplísimos espacios de nuestra historia, investigadores
de mi generación han logrado despejar las cortinas de humo
de un pasado amojonado con falsedades y omisiones, hasta conseguir
una equitativa integración del procerato nacional. Esclarecido
el pasado, se dan las condiciones favorables para cimentar el presente
y construir el futuro.
Hace ya muchos años que me alejé de los partidos políticos
tradicionales buscando caminos novedosos para una Argentina más
libre, poderosa y justa, y he podido contemplar más tarde -caído
el peronismo- desde la cárcel, que todavía existían
organismos políticos estáticos, anclados en el pasado,
que en los aspectos formales parecían adecuarse a la hora,
pero en realidad se mantenían unidos al liberalismo por el
cordón umbilical.
Al finalizar la década del '30, las aflicciones y apetencias
populares tomaron el carácter de exigencias; pregoneros de
una Argentina renacida, golpearon vanamente ante los gobiernos carentes
de autenticidad, representatividad y ejecutividad, poniendo en evidencia
la existencia de un vacío que sólo podía cubrirse
con algo nuevo.
Satisfizo esa necesidad la aparición meteórica de Juan
Perón, dispuesto a trabajar por el país real, incorporándose
al quehacer nacional y social.
Con él advino Eva Perón, produciendo un impacto popular
que aún perdura, a pesar de la monocorde tentativa de desperonización
por la dictadura.
Perón y Evita se complementaron magníficamente. Perón
puso genialidad, formación intelectual y capacidad de trabajo
para crear un movimiento nacional y conducir un gobierno de progresivo
reformismo, y Evita agotó su vida al servicio de Perón
y de su causa. Nada hizo ella que no aprobara previamente el Conductor.
Pocos años de sacrificada labor pudo ofrecer Eva Perón
al pueblo argentino, especialmente en ayuda social a los indefensos
y marginados por el egoísmo predominante en la oligarquía
nativa y el imperialismo. Recibió a torrentes halagos y sinsabores;
conoció la adhesión de los humildes y su inextinguible
amor, y fue el blanco predilecto de los dardos que la oposición
sistemática y la diatriba centraron sobre su persona.
Eva Perón era frágil, suave y agresiva, razonadora y
fanática. Antinomias éstas que su fe peronista y el
hostigamiento contumaz de sus enemigos, explican y justifican.
Largos años transcurridos desde esa época, y las peripecias
políticas sufridas a su turno por tirios y troyanos, nos dieron
experiencia y madurez a todos.
Hemos aprendido, ellos y nosotros los peronistas, a elevar la mirada
hacia el común horizonte en un ensayo de convivencia y conciliación
que el país necesita para salvarse y liberarse. Aunque quedan
todavía enemigos activos, que deben ser inhibidos por el pueblo
protagonista.
Eva Perón murió en el momento en que los antagonismos
estaban en su apogeo, y nos ha dejado su recuerdo de compañera
revolucionaria y combatiente, intransigente y altiva.
Discípula de nuestro querido jefe, su adhesión a él
no tuvo otras limitaciones que las impuestas por su delicada salud,
llegando en los hechos a ser, en su martirio, una inmolada voluntaria
a la causa nacional y popular.
Los descamisados la comprendieron en toda su dimensión humana,
rindiéndole en vida y después de muerta conmovedores
homenajes trascendidos al mundo entero.
Siempre recuerdo el último día en que saludé
a Evita en la residencia del Libertador San Martín y Austria.
Estaba asida al pasamanos al pie de la escalera, un mes antes de morir.
Débil y pequeña, un vivo fulgor iluminaba su mirada.
Estreché su mano, despidiéndome para siempre de Eva
Perón inmortal.
El día infausto, yo me hallaba en un país nórdico
cumpliendo como tirador con una representación deportiva.
Descendí nuestra bandera a media asta, dejándola adolorida
y augusta, en compañía de las enseñas ondeantes
al tope de sus mástiles, de cien países concurrentes.